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martes, 17 de julio de 2012
"El lado negativo del doping" Roman Iucht.
La revelación del positivo que arrojó como resultado el control antidoping realizado al jugador de All Boys, Hugo Barrientos, vuelve a ubicar en el foco de la polémica a algunos resortes que el deporte mundial y el fútbol argentino en particular, ponen en práctica a la hora de las sanciones a los involucrados y que a esta altura parecieran merecer una revisión.
El reglamento es claro y los deportistas lo conocen. La ingesta de una droga prohibida está penada por la ley y si el profesional la transgrede, sabiendo de las penas que esto puede acarrearle, no queda otro camino que el de la sanción. Hasta aquí nada para mencionar. La cuestión es lineal y no admite reclamos. Sin embargo y aunque no se trate de transformar al victimario en víctima, situaciones como la de Barrientos reabren el debate, al menos para este periodista, respecto a qué debe hacerse cuando el doping positivo surge como consecuencia del hallazgo de alguna sustancia considerada como droga social.
Está comprobado que la cocaína o la marihuana no mejoran el rendimiento deportivo de un competidor. Sin embargo, a la hora de establecer el listado de las drogas prohibidas, ambas son consideradas de la misma forma que otras como los esteroides o los anabólicos a partir de las cuales hay una clara intención de obtener una ventaja por fuera de los reglamentos. Por ciertas convenciones, por pereza o por no permitirse un debate que clarifique la situación, nadie ni nada se detiene a analizar cómo actuar ante un positivo de una droga social.
Podríamos plantear el tema desde un lugar más estructural y hasta preguntarnos si la alta competencia no actúa como una picadora de carne que con su exigencia voraz, combinada con el marketing y las presiones, conforma un combo que muchas veces estimula a los deportistas a buscar la gloria a cualquier precio, pero en este caso estamos hablando de otra cosa.
La NBA, que contradictoriamente permite el uso de anabólicos, es un buen ejemplo del cual el fútbol argentino podría valerse para estos casos específicos. En el basquet profesional de los Estados Unidos no se castiga en primera instancia a un deportista que fuma un cigarrillo de marihuana o aspira una línea de cocaína, sino que lo que se busca dar es contención médica, hacer distintos tipos de evaluaciones para ver qué motivó esa ingesta y tratar de resolver de manera personal una situación que sin dudas, forma parte del mundo privado de las personas.En el fútbol argentino, sin grandes certezas sobre con qué peso le caerá la ley, todos estamos seguros de que Barrientos recibirá una dura sanción que incluso desde la "moralina" de algunos, será catalogada como "ejemplificadora". Lejos de apoyarlo o al menos contenerlo, se lo estigmatizará, se lo señalará y aunque seguirá entrenándose a la par de sus compañeros se le quitará su base de sustentación más firme que es jugar al fútbol todos los fines de semana. ¿Que debió pensarlo antes? Es verdad ¿Que los reglamentos están para cumplirse? También es cierto. Pero a cualquier jugador, incluso el más violento, que comete una falta pasible de expulsión que deja imposibilitado a otro profesional de ejercer su trabajo durante un tiempo prolongado, y el propio Barrientos podría ser un buen ejemplo, jamás se lo castigaría con doce fechas de suspensión, que es el equivalente a los tres meses que el jugador de All Boys recibirá como mínima sanción. No parece haber equivalencias entre una situación personal y otra deportiva con perjuicio para un colega. Además y aportando otro ejemplo que confirma la hipocresía, queda claro que si se trata de una droga el involucrado es castigado, pero si tuviera exceso de alcohol, el cuál puede ser igual o más nocivo, no se piensa ni en recuperación ni en sanción alguna. La ausencia de apoyo de dirigentes que prefieren mirar para otro lado, del gremio que no exige una revisión del reglamento y sus posteriores penas y del público que rápidamente levanta el dedo acusatorio, favorecen poco y nada la reinserción del deportista en su hábitat natural.
Mientras tanto, en el reino del todo pasa, éstas son consideradas causas menores. En el caos en el que está sumergido el fútbol argentino, no parece ser una cuestión urgente ni de resolución inmediata. Sin intenciones de llegar a una idea definitiva, revisar el tema, buscando pequeñas soluciones, sería al menos un buen comienzo.
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miércoles, 27 de junio de 2012
"Pintura en aerosol" Eduardo Sacheri
Dentro del bolsillo del buzo lleva el aerosol de pintura roja. Lo compró a la tarde, en una ferretería que queda cerca de su casa, en Morón sur, cerca de la base aérea. Después tomó el colectivo a la estación y caminó hasta la cancha. Partido de martes a la noche, televisado, sin hinchas visitantes, como se usa ahora en el Ascenso. Sacó la entrada con un vuelto del supermercado que se cuidó de no devolver, la semana pasada. Su madre lo había mandado a comprar, pero a la vuelta ella se distrajo y se olvidó de reclamárselo. Bingo. Veinticinco mangos la bolsa. Los doce para el aerosol los consiguió rascando sus últimos ahorros.
Por eso, porque llegó con los pesos contados, sacó la entrada y encaró derecho para la tribuna. Nada de demorarse en la esquina donde los otros pibes se juntan a tomar una cerveza antes de entrar. Si no puede ayudar aunque sea con un billete de cinco, prefiere que no lo inviten.
Después del partido hizo lo mismo: salió solo y caminó para el otro lado: no hacia la estación y la parada, sino hacia el lado del puente. Caminó por delante de los Tribunales. Torció hacia las vías y pasó el túnel. No se cruzó un alma. Miró varias veces hacia atrás hasta que llegó a la pared pintada de blanco. La había visto dos semanas antes, desde un colectivo. No muy grande, recién blanqueada por militantes de algún partido político. Otro riesgo: que caigan esos militantes con la camionetita de salir a pintar y lo vean a él, justo ahí, justo en ese momento, usándoles la pared recién blanqueada.
Mira a los lados por última vez y se decide: saca el aerosol, le quita la tapa, lo agita y empieza a escribir. “GALLO”, es lo primero que escribe. No se queda demasiado conforme con las letras. Más grande la G, más chicas las otras. Se aleja algunos pasos para ver el resultado. En general el tamaño está bien: el cartel tiene que leerse bien desde los colectivos. Es el gran deseo del pibe. Hay un montón de colectivos que terminan el recorrido en Morón y primero pasan por ahí y frenan en el semáforo. Un semáforo largo, además. De cuatro tiempos. Todos los que vayan a Morón van a leerlo.
El pibe es hincha del Gallo desde chico. No sabe del todo por qué. Por el barrio, supone, aunque tampoco. Un montón de tipos del barrio son hinchas de otros cuadros. El novio de su madre, sin ir más lejos, vive burlándose de él por eso de ser hincha de Morón. “Yo te pregunto de equipos de Primera”, le ha dicho, como si ser hincha de Morón fuese una mancha, un defecto, un amor de segunda categoría. “No te puedo creer que no seas de ninguno”, se ha asombrado, gastador, frente a la repetición de la respuesta. “¿Y por qué no te hacés de Boca?” le ha preguntado, más de una vez. Al pibe le han dado ganas de contestarle “¿Y por qué no te vas a la …?”, pero se ha contenido. Total para qué. Comerse un problema al divino botón. Mejor callarse.
El pibe se arremanga el buzo, para que no le estorbe. Sigue escribiendo. “MI UNICO...” la frase que tiene pensada no termina ahí, pero no quiere seguir sin constatar que esté quedando prolijo. Grande y prolijo, mejor. Por ese asunto de que se vea desde los colectivos. Retrocede hasta el cordón. Perfecto. Mucho mejor que “GALLO”. Lástima que justo la palabra que quedó más fea sea “Gallo”. Pero qué se le va a hacer. Mala suerte. En la pared uno no puede corregir lo que escribe. Le vuelve el temor de que pronto se la tapen. Por algo la blanquearon hace poco. O en una de esas no, porque la pared no es gran cosa, es más bien chica, y para pintadas políticas no sirve. Para un cartel como el suyo, sí. Está perfecta.
Vuelve a mirar a cada lado. Nadie. Varios metros sobre su cabeza, sobre el puente del Camino de Cintura, pasa un camión detrás de otro, metiendo su batifondo de chapas y frenos neumáticos. De nuevo de cara a la pared, el pibe duda: no está seguro de si va con hache o sin hache. Y lo mismo con el acento. La pucha. Tanto preparativo y eso no lo revisó. Al pibe le suena que va con hache. Del acento está menos seguro. No está canchero con los acentos. De hecho, el de “único” se lo salteó como si nada.
LA FRASE DE UNA CANCIÓN DE LOS REDONDOS No sabe de cuál, pero es de ellos. El la vio en una bandera, hace un tiempo, y le encantó. No era una bandera de Morón. Era una bandera de Atlanta. Habían ido con los pibes hasta Villa Crespo y se habían hecho pasar por locales. Un garrón, porque encima perdieron. Pero él se quedó enganchado con la bandera. Enganchadísimo. No puede decir por qué. Al pibe no se le da bien eso de decir las cosas. Las piensa, pero le cuesta decirlas. Y lo que pensó al ver esa bandera fue que el que la había hecho era como él, le pasaba lo mismo que a él, aunque fuera de Atlanta.
Pensó en hacerse una bandera pero lo descartó. No quiere que todo el mundo, en la cancha del Gallo, lo vea atar ese trapo en el alambre. Una cosa es pensarlo, una cosa es sentirlo, y otra que los demás lo sepan. Que sepan que para él es así. No. Ni loco. Mejor ahí en la pared, que quede para siempre. Bah, para siempre tampoco, porque antes o después van a tapárselo. No importa. Buscará otra pared y hará lo mismo. Y en una de esas, con la práctica la letra le saldrá mejor.
Escribe la última palabra: “LIO”. Se aleja por quinta o sexta vez. Sonríe. Está perfecto. De nuevo se comió el acento, pero lo ignora. Letras parejas y grandes. Ya está casi terminado. Sacude el aerosol. Todavía queda pintura. “NICOLÁS.”, firma al final. Así, con un punto al final. El apellido no lo pone ni loco. Capaz que algún conocido lo lee y se burla. Se moriría de la vergüenza. Mejor así: que desde los colectivos se lea “Nicolás” y listo. El va a pasar seguido. Todos los días, si puede. Para verlo. Para verse ahí. Es como una bandera pero mejor. La del pibe de Atlanta la ven nada más que los de Atlanta. Su cartel, en cambio, va a verlo medio mundo. Buenísimo.
Lee otra vez la frase. Y otra vez lo conmueve, como en Villa Crespo. Esa es la verdad. La verdad más profunda de su vida, aunque no sepa explicar el cómo ni el por qué. “GALLO: MI UNICO HEROE EN ESTE LIO”. Y firma NICOLAS, con punto y todo.
Yo voy a leer la pintada unos días después, cuando el 269 que me lleva a Morón se detenga en el semáforo un buen rato. La frase va a gustarme, pero al mismo tiempo me quedará cierta inquietud rondándome el ánimo. Cierta tristeza. Hay algo de desvalimiento en la devoción de Nicolás. No porque quiera al Gallo con toda su alma. Sino porque la vida no le haya dado, además de ese, otros amores, otras certidumbres, otras huellas de identidad que lo hagan sentirse parte, que lo hagan sentirse entero.
El no sabe que antes de su tiempo existió una época distinta. Una época donde las cosas eran más seguras, más estables, más permanentes. Una época en la que la gente ataba su identidad a un montón de pertenencias, se abrigaba en un montón de banderas que existían al mismo tiempo. Trabajos que duraban toda la vida, barrios que crecían alrededor de ciertas fábricas, convicciones políticas sobre las que cada cual se paraba a mirar y entender el mundo, vecinas que te cuidaban con un vistazo de vereda a vereda.
Nicolás nació después, en un mundo en el que esas certidumbres se hicieron polvo y así quedaron. No sé si para mejor o para peor, pero así quedaron. Si hubiera nacido unas décadas antes, el mundo de Nicolás habría sido más sólido, más entero. El no lo sabe. Pero tal vez extraña ese otro mundo. Esas cosas pasan: que uno extrañe lo que, de todos modos, nunca conoció.
Sin embargo y pese a todo, algo tiene, todavía, Nicolás. Lo tiene al Gallo. Mientras alrededor todo cambia, y en general cambia para peor, ahí está el Gallo: más arriba o más abajo en la tabla de posiciones pero ahí, cada año, siempre vivo. El Gallo o Atlanta, o Chacarita o Almirante, que para el caso es lo mismo. Héroes que no pueden darte nada. Pero que están, y de vez en cuando te prestan un poco de su gloria, a cambio de nada, a cambio de que los sigas, a cambio de que les cantes, a cambio de que te avives de apartar un vuelto para la entrada. Y en el páramo de la medianoche, debajo del puente de Camino de Cintura, entre Morón y Castelar, no es poca cosa.
Nicolás se aleja hasta el cordón por última vez. Seguro que sí, que héroe se escribe con hache y con acento. Se guarda el aerosol en el bolsillo y enfila hacia la estación, por el lado de la cancha de Matreros. Apura el paso. No sea cosa de que pierda el último colectivo y tenga que hacerse las treinta cuadras caminando.
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lunes, 11 de junio de 2012
"Messi es un perro" Hernan Casciari
Escribí esto hace dos o tres meses. Pero bien podía haberlo escrito el sábado a la noche, después del cuatro a tres contra Brasil. Esta reflexión apareció en las páginas 128 y 129 de la revista Orsai número seis y, desde que se publicó, me moría de ganas de ponerla en el blog, de contrabando. Solamente esperaba el momento oportuno para que cada palabra tuviera, otra vez, el apoyo de lo inmediato. Y hoy es buen momento. Me reafirmo, entonces, en la teoría del hombre perro.
El texto empezaba así:
La respuesta rápida es por mi hija, por mi esposa, porque tengo una familia catalana. Pero si me preguntan en serio por qué sigo acá, en Barcelona, en estas épocas horribles y aburridas, es porque estoy a cuarenta minutos en tren del mejor fútbol de la historia.
Quiero decir: si mi esposa y mi hija decidieran irse a vivir a Argentina ahora mismo, yo me divorciaría y me quedaría acá por lo menos hasta la final de la Champions. Y es que nunca se vio algo parecido adentro de una cancha de fútbol, en ninguna época, y es muy posible que no ocurra más.
Es verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto la misma semana en que Messi hizo tres para Argentina, cinco para el Barça en Champions y dos para el Barça en Liga. Diez goles en tres partidos de tres competiciones diferentes.
La prensa catalana no habla de otra cosa. Durante un rato, la crisis económica no es el tema de inicio en los noticieros. Internet explota. Y en medio de todo esto a mí me acaba de pasar por la cabeza una teoría extraña, muy difícil de explicar. Justamente por eso intentaré escribirla, a ver si termino de darle vuelo.
Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles de Messi en Youtube, lo hago con culpa porque estoy en mitad del cierre de la revista número seis. No debería estar haciendo esto.
De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que es un video más de miles, pero enseguida veo que no. No son goles de Messi, ni sus mejores jugadas, ni sus asistencias. Es un compilado extraño: el video muestra cientos de imágenes —de dos a tres segundos cada una— en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae.
No se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal. En cada fotograma, él sigue con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario.
Son muchísimos pedacitos de patadas feroces, de obstrucciones, de pisotones y trampas, de zancadillas y agarrones traicioneros; nunca las había visto a todas juntas. Él va con la pelota y recibe un guadañazo en la tibia, pero sigue. Le pegan en los talones: trastabilla y sigue. Lo agarran de la camiseta: se revuelve, zafa, y sigue.
Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi están siempre concentrados en la pelota, pero no en el fútbol ni en el contexto.
El fútbol actual tiene una reglamentación muy clara por la que, muchas veces, caer al suelo es asegurar un penal, o conseguir que se amoneste al zaguero contrario es propicio para futuros contragolpes. En estos fragmentos, Messi parece no entender nada sobre el fútbol ni sobre la oportunidad.
Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen.
¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín cuando perdía la razón por la esponja.
Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro inteligente. Entraban ladrones y él los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía oírlo. Yo vomitaba y él no venía a lamer.
Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una esponja —una determinada esponja amarilla de lavar los platos— Totín enloquecía. Quería esa esponja más que nada en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha. Yo se la mostraba en mi mano derecha y él la enfocaba. Yo la movía de un lado a otro y él nunca dejaba de mirarla. No podía dejar de mirarla.
No importaba a qué velocidad moviera yo la esponja: el cogote de Totín se trasladaba idéntico por el aire. Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada escrutadora de Sherlock Holmes.
Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Esa es mi teoría, lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Messi es el primer perro que juega al fútbol.
Tiene mucho sentido que no comprenda las reglas. Los perros no fingen zancadillas cuando ven venir un Citroën, no se quejan con el árbitro cuando se les escapa un gato por la medianera, no buscan que le saquen doble amarilla al sodero. En los inicios del fútbol los humanos también eran así. Iban detrás de la pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada, ni la suspensión después de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Antes se jugaba como juegan Messi y Totín. Después el fútbol se volvió muy raro.
Ahora mismo, en este tiempo, a todo el mundo parece interesarle más la burocracia del deporte, sus leyes. Después de un partido importante, se habla una semana entera de legislación.
¿Se hizo amonestar Juan exprofeso para saltarse el siguiente partido y jugar el clásico? ¿Fingió realmente Pedro la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Pancho acogiéndose a la cláusula 208 que indica que Ernesto está jugando el Sub-17? ¿El técnico local mandó a regar demasiado el césped para que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los recogepelotas cuando el partido se puso dos a uno, y volvieron a aparecer cuando se puso dos a dos? ¿Apelará el club la doble amarilla de Paco en el Tribunal Deportivo?
¿Descontó correctamente el árbitro los minutos que perdió Ricardo por protestar la sanción que recibió Ignacio a causa de la pérdida de tiempo de Luis al hacer el lateral?
No señor. Los perros no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no entienden si un partido es amistoso e intrascendente o una final de copa. Los perros quieren llevarse siempre la esponja a la cucha, aunque estén muertos de sueño o los estén matando las garrapatas.
Messi es un perro. Bate records de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta jugaron al fútbol los hombres perro. Después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos olvidamos que lo importante era la esponja.
Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo erguido y empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades diferentes. Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo lo relacionado con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde.
Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como Sísifo. Una y otra vez. Guardiola dijo, después de los cinco goles en un solo partido:
—El día que él quiera hará seis.
No fue un elogio, fue la expresión objetiva del síntoma. Lionel Messi es un enfermo. Es una enfermedad rara que me emociona, porque yo amaba a Totín y ahora él es el último hombre perro. Y es por constatar en detalle esa enfermedad, por verla evolucionar cada sábado, que sigo en Barcelona aunque prefiera vivir en otra parte.
Cada vez que subo las escaleras internas del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener mucha suerte, Jorge, para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de su mejor versión, y, trascartón, que la cancha te quede tan cerca.
Disfruto esta doble fortuna. La atesoro, tengo nostalgia del presente cada vez que juega Messi. Soy hincha fanático de este lugar en el mundo y de este tiempo histórico. Porque, me parece a mí, en el Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un corro para hablar de fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São Paulo en el 62, y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50.
Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por hablar, me pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Barcelona en los tiempos del hombre perro. Y no volará una mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido de Juicio Final, y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.
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sábado, 9 de junio de 2012
"Mala racha" Eduardo Sacheri
Cuando hablo de rachas hablo de las otras. Esas que los estadísticos llenan de números. Siete partidos perdidos al hilo, nueve encuentros sin ganar, setecientos minutos sin meter un gol… Esas rachas. Y la sensación de que el mundo está por derrumbarse. Sabemos que no es cierto. Y que hay un montón de cosas en el mundo que siguen adelante. Pero no nos importa.
Nos pasamos la noche en blanco, con los ojos fijos en el cielorraso, calculando cuántos puntos necesitamos para evitar la promoción o el descenso, cuántos millones requerimos para evitar la quiebra, cuántos refuerzos nos hacen falta para convertir a esa manga de matungos en un equipo como Dios manda.
Nos cambia el gesto, se nos avinagra el carácter, se nos agota rápido la paciencia. Y si alguien nos pregunta qué nos pasa, preferimos aducir que nos preocupa la paz mundial o el agujero de ozono. Porque si decimos la verdad, corremos el riesgo de que nos digan “Ah, era eso… pensé que era algo importante”. Y tenemos que borrar a esa persona de nuestra nómina de gente querida.
Aunque parezca mentira, en medio de esas rachas, los hinchas seguimos yendo a la cancha. Puede ser que ralee un poco el número, a causa de esos oportunistas del éxito que nunca faltan. Pero la mayoría sigue yendo.
Ojo que, antes del comienzo del partido, si uno escruta las caras de los hinchas, sus conversaciones, es muy difícil adivinar que el equipo viene en picada rumbo al desastre. El hincha, contra todo indicio razonable, llega a la cancha cargado de energía. Luce un inusitado optimismo, como si las derrotas sucesivas que arrastra el equipo fueran únicamente esas pesadillas que nos dejan un mal sabor a la mañana, pero que se disipan con la luz del sol. Para colmo, al llegar a la tribuna se encuentra con otro montón de hinchas que van con el mismo talante, y se confirma en la noción de que sí, de que esta vez la cosa camina.
Los cantitos previos a la aparición de los jugadores se adaptan al momento de crisis. A nadie se le ocurre cantar “Esta campaña volveremo’ a estar contigo”. Eso se reserva para las primeras fechas, cuando uno abriga la fantasía de que puede pelear el campeonato. Después de cierto tiempo, después de la severa acumulación de las derrotas, ni al más ingenuo de los ingenuos se le da por entonar ese cantito. Es lícito cambiar la letra hacia frases como “pase lo que pase”, o “en las buenas y en las malas”. Cuando los futbolistas saltan al campo de juego, el hincha atraviesa el punto máximo de optimismo. Así vestidos, con la camiseta que uno ama, refulgentes bajo el sol o brillantes en la noche, esos muchachos tienen pinta de que nada puede derrotarlos.
Como confirmando esa impresión, encima, durante los primeros tres, cuatro minutos, el equipo –pongamos que juega de local- sale a comerse crudos a los rivales. El conjunto presiona, los delanteros la piden, los mediocampistas meten, los defensores ordenan. Hasta puede ocurrir que en el minutos dos, o en el tres, haya un chumbazo al arco, una volada del arquero de ellos, un corner. La gente acompaña, por supuesto. Crecen los gritos. La popular salta –como siempre-, la platea salta –como casi nunca-. La gente mira el partido de pie, chifla al árbitro, insulta con buena memoria a algún rival con el que tiene cuentas pendientes de anteriores enfrentamientos.
El problema es después. El minuto cinco, siete, nueve a lo sumo. A esa altura, los visitantes se han acomodado. El arquero de ellos se ha tomado su tiempo para sacar alto, indiferente a los chiflidos. Le pega un terrible puntapié, la pelota cae, dividida, en tres cuartos de cancha… y ahí empiezan los problemas para nuestro equipo. Porque los rivales están asentados, porque ajustaron las marcas sobre los únicos dos o tres tipos capaces de devolver una pelota redonda a sus compañeros, porque los nuestros se sofocaron a puro nerviosismo y no consiguen retomar el aliento. Y sobre todo, porque tus jugadores no tienen ni idea de cómo llegar al arco contrario. Por algo estamos como estamos, en una seguidilla funesta de derrotas.
En la tribuna empiezan los murmullos. Y poco a poco, cada uno de tus jugadores va tomando su lugar en la obra maestra del terror. Los buenos jugadores juegan mal. Los jugadores pasables juegan horrible. Y los que de por sí son malos, los que tienen tendencia a ser poco más que perros (con el mayor de los respetos por el noble animal), en el contexto de la crisis cometen chambonadas inenarrables, estupideces inverosímiles que ni siquiera hemos debido tolerar en un solteros contra casados.
Otro adopta una postura de resignación nihilista. Se deja caer en el escalón o la butaca, indiferente a si los demás le tapan o no la visual. Se sostiene la cabeza con las manos y espía de tanto en tanto para comprobar que sí, que efectivamente el equipo es una banda miserable, un rejunte de mugrosos.
Otro, en cambio, se yergue en puntas de pie y, como si los jugadores lo escuchasen, empieza a darles precisas directivas sobre lo que tienen que hacer con cada pelota de que disponen. Se enoja cada vez que lo desobedecen pero continúa impertérrito, obsesivo, con sus indicaciones.
Otro, por qué no, se siente a gusto en una actitud de crítica certera. Deja al margen a uno o dos elegidos, a los que considera intocables, y al resto del equipo comienza a insultarlo lenta, concienzuda, pormenorizadamente.
Cuando termina cero a cero el primer tiempo, todos los hinchas enfrentan un enorme dilema. ¿Qué hacer? ¿Insultarlos como se merecen? Mejor no: eso puede bajonearlos más todavía. ¿Aplaudirlos tibiamente? Puede ser: aunque eso puede convencer a los jugadores de que ese empate miserable que están obteniendo vale la pena, es todo un premio, vamos todavía.
En ese mar de dudas, los jugadores habrán de retirarse entre algunos silbidos aislados, algunos aplausos náufragos, unos cuantos gritos de aliento y otros de reclamo.
Pero nada de relajarse, claro. Que todavía falta lo peor. El segundo tiempo, probablemente, ni siquiera nos regale esa andanada inicial de buenas intenciones. Y eso sí, tarde o temprano, a los diez o a los treinta, los visitantes van a embocarnos. Y qué fea sensación es esa de escuchar el grito de gol ajeno. Proferido desde allá lejos, nos entra por los oídos pero también por la garganta. Nos baja hasta el estómago mientras cerramos los ojos o nos tiramos del cabello o escupimos al suelo o negamos incrédulos. Ver el festejo de los rivales es atroz. Pero ver las caras, los gestos de tus jugadores, es peor todavía. Porque ni ganas de sacar del medio, tienen. Si les dieran a elegir, se irían al vestuario con tal de no pasar vergüenza.
Y todo vuelve a empezar, pero peor. Porque los palurdos estos, si antes no tenían ni noción de cómo llegar al arco contrario, ahora no tienen idea de hacia dónde queda el mundo. Y las urgencias de la hinchada bajan de repente como una tormenta postergada. Ahí sí, todos, encabezados por el crítico insultador, pero rápidamente secundado por el optimista (convertido en “no puedo haber sido tan ingenuo”), acompañados por el instructor obsesivo (que ahora les aconseja no tanto sobre a quién entregar la pelota sino sobre lugares adonde se pueden ir para quedarse), y seguidos de mala gana por el filósofo contemplativo (que se pone de pie porque, ya que estamos, nos sacamos el entumecimiento de tanta quietud), se dedican a insultar a los jugadores, sus madres y su posteridad.
Este ataque furibundo acepta algunas variantes: puede ser que la hinchada se la agarre con el director técnico o con los dirigentes. En el primer caso, el entrenador tiene la opción de quedarse bien guardado en el banco de suplentes (y entonces los hinchas lo tildarán de cobarde) o de mantenerse de pie, erguido, cerca del lateral y a la vista de todos (y entonces los hinchas lo acusarán de provocador y prepotente). Si la bronca va hacia los dirigentes, puede ocurrir que se produzca algún tumulto en la zona del palco oficial (aunque si son varias las derrotas consecutivas, es más que probable que los dirigentes prefieran, en lugar de presentarse en el estadio, seguir las alternativas del partido por televisión, por radio, por telex o mediante palomas mensajeras).
Los insultos y los cantitos agresivos sólo se suspenderán, por un momento, si el equipo tiene una situación de riesgo a favor. Pero si precisamente se nos está quemando el rancho es porque la última situación de riesgo la tuvimos en la época del Virrey Sobremonte, de manera que la retahíla de insultos y cantitos será casi ininterrumpida hasta el final.
Durante los últimos minutos, mientras tus jugadores lateralizan la pelota a la altura del mediocampo (pero no para hacer tiempo, sino porque no tienen ni noción de cómo acercarse al arco contrario), atronará el “hit” de los últimos años. Ese cantito que tiene la particular ventaja de permitirle a la hinchada local insultar a sus futbolistas y al equipo contrario al mismo tiempo. ¿Será por esa economía de recursos que se ha popularizado tanto? El lector sabrá dispensarme, por motivos de elegancia, de copiarlo textual, pero me refiero a ese que empieza con “Jugadores”, sigue aludiendo a la anatomía de sus progenitoras, continúa recomendando una actitud viril de la que al parecer el plantel carece, y termina con un “que no juegan con nadie”, para dar a entender que esos rivales que están a punto de derrotarlos son, redondamente, una manga de muertos de frío.
Poesías aparte, el silbatazo del árbitro al final apenas se escucha, porque la rechifla que baja de las tribunas es tan arrolladora que tapa todo. O casi todo, porque los visitantes tendrán la precaución de esperar a que se nos acabe el aire para, entonces, sí, burlarse de nosotros y de nuestra suerte maldita. Y si lo narrado hasta aquí es una verdadera pesadilla, vale preguntarse: ¿Podría ser peor? Sí. Siempre puede ser peor. Y ver jugar a nuestro equipo nos muestra que sí, que siempre se puede estar peor. Basta con esperar a la semana que viene.
Alguna vez, eso sí, las cosas cambian. Y eso es lo que no entienden los que no son hinchas de fútbol, o los oportunistas que se creen que el fútbol es un lecho de rosas. Ellos volverían a la cancha después del final de la mala racha. Después de un par de victorias, como mínimo.
Pero los futboleros, no. Los futboleros necesitamos estar ahí cuando todo anda mal, para asegurarnos de estar ahí cuando cambie. Y no importa si antes del cambio nos falta comernos otras seis derrotas, agregar doce partidos sin ganar, o catorce horas sin meterle un gol a nadie. Ahí estaremos.
Y cuando la racha termine… Santo Dios. Habremos nacido de nuevo.
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sábado, 26 de mayo de 2012
"Señores jugadores" Eduardo Sacheri
Espero sepan disculpar el atrevimiento que me tomo al dirigirles esta carta a través de un medio tan masivo y prestigioso como El Gráfico. Ocurre que esta gente –la de El Gráfico, digo- ha tenido la generosa y al mismo tiempo temeraria idea de encargarme la redacción de una columna para cada una de sus ediciones mensuales. Y yo, señores jugadores, me aprovecho de esa circunstancia, en este caso particular, para dirigirles este mensaje de índole casi personal, aunque me atrevo a pensar que unos cuantos futboleros viejos, como quien les habla, estarán de acuerdo con alguno de los conceptos que me dispongo a comunicar. Tal vez alguien me acuse de estar usufructuando, en mi provecho y a partir del espurio arbitrio de mi voluntad, un espacio de comunicación que debería orientarse a fines más altos y más dignos. Y puede ser que así sea, señores jugadores. Pero, como decía mi abuela “a esta altura de la cosecha no hay tiempo de cambiar nada”. Así que al grano, señores jugadores.
Tengo que pedirles un favor especialísimo. O, bien mirado, son varios favores al mismo tiempo aunque vengan unidos en un solo asunto. Y ese asunto, señores jugadores, es el muy espinoso asunto del festejo de los goles. Ojo que escribo la palabra “goles” y siento cierta turbación. De hecho el actual campeonato, el Apertura 2011 (algún día alguien tendrá que explicarme un motivo válido que justifique que el campeonato que se juega al final del año se llame “Apertura”, pero prefiero no abrir mis argumentos hacia ese asunto porque voy a seguir enojándome con temas diversos y prefiero que mi enojo quede lo más concentrado posible, señores míos) ha tenido en sus primeras cinco fechas poquísimos goles. Puede ocurrir que, en las semanas que median entre que yo escribo esta columna y que El Gráfico la publica, a principios de octubre, los delanteros del fútbol argentino se destapen, exploten, se floreen, y los partidos empiecen a tener resultados como 4 a 3 o como 5 a 1. Por el momento eso no sucede, y los hinchas podemos llamarnos contentos si vemos un gol, mal hecho y a las cansadas pero gol al fin. Pero bueno, como les decía, no me quiero ir del tema, señores jugadores.Porque el pedido que debo formularles no tiene tanto que ver con la hechura de los goles sino con el festejo de esas conquistas, entendiendo por “festejo” la serie de ritos, movimientos, rutinas y evoluciones corporales que el jugador que convierte el gol, y sus compañeros, ejecutan a modo de celebración por el tanto conseguido.
Y es a ese respecto que tengo un par de solicitudes que formularles, señores jugadores. Ya estoy hasta la coronilla (podría escribir que estoy hasta la altura de otras regiones corporales, pero no quiero que me acusen de vulgar) de esas coreografías que a menudo ustedes, señores jugadores, tienen a bien ejecutar después del gol. A saber: eso de correr hasta el banderín del córner y aferrarlo fingiendo que es un fusil desde el que disparan una bala imaginaria, o lo de sacarse el botín como si fuera el zapatófono del Superagente 86, o hacer una fila india en el piso simulando que están remando en una regata de ocho remeros sin timonel, o juntarse en un grupito de tres o cuatro a ejecutar un pasito de baile sinuoso y bailantero, o que un jugador se finja lustrabotas para que el goleador le apoye el botín en la rodilla mientras el otro le saca imaginario lustre; la verdad es que me tiene podrido, señores jugadores.
Yo no sé de dónde sacan esas coreografías, señores jugadores. Supongo que nacen en el tedio de las concentraciones, de chistes originados puertas adentro de su grupo, o de apuestas que entienden ustedes solos. Y ese es el problema, señores jugadores. De ese “puertas adentro”. Porque con ese “puertas adentro” convierten en privado algo que debe ser siempre, me parece a mí, público y de puertas afuera. Porque el gol, señores míos, y mal que les pese, les pertenece a los hinchas tanto o más que a ustedes mismos. Y a ningún hincha se le va a ocurrir, ahí de pie en la tribuna, festejar un gol de ustedes imitando remeros o lustrabotas o astronautas o cazadores del arca perdida. Nada de eso. En la tribuna festejarán gritando, saltando y abrazándose. Y con eso, a los hinchas, nos basta y nos sobra.
Y ya que ando en tren de solicitudes y en ánimo de ofender, tengo un pedido más específico todavía. Porque hay una manera de festejo que me revienta la paciencia mucho más que el “festejo coreográfico” que describí en los párrafos anteriores. Porque si el festejo con coreografía me harta la paciencia, el “festejo con huída y desprendimiento” directamente me saca de quicio. No sé si se ubican, señores jugadores, en lo que estoy hablando. Me refiero a esa acción en la que el jugador, después de hacer el gol, sale corriendo hacia un lugar despejado del campo de juego, digamos un lateral cerca del banderín del córner, como si estuviera solo en el mundo, y como si no le debiera nada a nadie más que a sí mismo, mientras se besa los 6 o 7 tatuajes que tiene más a mano, y sonríe a la cámara de televisión que tienen más cerca mientras calcula si lo estarán viendo en algún mercado con buen poder adquisitivo.
Y mientras corre, el susodicho tiene la osadía –sí señores, no existe otra calificación que la de osadía– de sacarse de encima, a los manotazos y de mala manera, a los desprevenidos compañeros que pretenden abrazarlo para compartir su alborozo, como si el goleador temiera vaya a saber qué, que le roben un pedazo del primer plano en high definition, o que lo madruguen en ser el próximo jugador en ser transferido por una cifra millonaria al fútbol bielorruso.
Para que no piensen que soy un mal llevado completo, señores jugadores, estoy dispuesto a aceptar un “festejo solitario” en ciertas ocasiones: pongamos que el fulano acaba de convertir un gol que es la réplica casi exacta del gol de Diego a los ingleses. De acuerdo: que vaya y festeje solo un rato hasta que se le pase el pasmo. Pero de ahí a permitírselo a cualquier chichipío que acaba de capturar un rebote en el área chica y de pegarle un mísero puntinazo (cuando no la ha empujado con el muslo o con la tibia) en medio de un revoleo de patas pavoroso, me parece demasiado, señores míos.
Seré demasiado clásico, señores jugadores, pero a mí me gusta cuando el tipo que ha tenido la fortuna de convertir un gol lo grita con alma y vida y sale corriendo no hacia la soledad del costado sino hacia el encuentro de los suyos, y abre los brazos y los recibe y les agradece, porque por algo esto es fútbol y se juega de once. Si quiere, que señale especialmente al que le dio el pase en lugar de morfársela él. Si quiere, que se bese los tatuajes mientras retorna hacia el mediocampo. Si quiere, que sonría hacia la cámara HD cuando los rivales se disponen a poner otra vez la pelota en juego.
Algo que sí me gusta, señores jugadores, y los invito a reincidir en esa práctica cuantas veces quieran, es que el susodicho goleador, una vez convertida la conquista, salga como un enajenado hacia la tribuna, salte los carteles y se venga corriendo hasta el alambre. Y que se bese el escudo y se prenda con los botines y los dedos para gritarlo junto con el humilde hincha que nunca va a tomar su lugar pero que grita con él, al mismo tiempo y con una alegría más genuina todavía, al otro lado de los rombos del alambre.
Del mismo modo, señores jugadores, acepto de buen grado que se saquen la camiseta para mostrar un mensaje de cariño a un compañero que la está pasando mal, o a un compañero que se fue y no va a volver. Esas son cosas dignas y con ellas no me meto. Y hablando de meterse, un mensaje especial para los señores árbitros.
Les pido que no sigan amonestando a los jugadores que se sacan la camiseta y la revolean mientras comparten su grito con la hinchada, argumentando “festejo desmedido”. Nada de desmedido, señores míos. Dedíquense a amonestar a los del remo, a los del pasito de baile o a los del nado sincronizado. En el informe escriban: “por festejo estúpido y bochornoso”. O a los mezquinos individualistas que se festejan a sí mismos. Ahí pongan “por festejo de egoísta pecho frío”.
Por supuesto que esto que les he escrito no es más que un inocentísimo pedido, señores jugadores. Y ustedes no tienen por qué llevarme el apunte. Pero ocurre que los hinchas necesitamos creer, señores jugadores. Creer que somos nosotros los que jugamos, o al menos que los que juegan son como nosotros. Y en el campito en el que jugamos nosotros, los goles se festejan a los abrazos, señores míos. O dígame alguno de ustedes, por favor, si en esas canchas chúcaras de los barrios, alguna vez ustedes vieron a un jugador que festeje con el botín en la mano, o fingiéndose astronauta en plena caminata lunar.
Ya sé que ustedes no tienen nada que ver con el fútbol que a mí me cautiva y me enamora, señores jugadores. Pero yo, de vez en cuando, necesito creer que sí.
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| Así se festeja un gol, putos. |
Eduardo Sacheri, Revista "El Gráfico"
Octubre de 2011
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sábado, 19 de mayo de 2012
Como se arma el fixture del futbol argentino.Adrian Paenza
Lo que sigue es la historia de cómo un matemático argentino resolvió un problema ligado con el fútbol y la televisión. No sé si habrá prestado atención alguna vez a un fixture de fútbol, la programación de todos los partidos que se juegan en el año. Un fixture estándar consiste en 19 fechas en las que los 20 equipos jueguen todos contra todos. Además, se supone que semana tras semana alternan su condición de local y visitante. Confeccionarlo no debería ser una tarea difícil. Sin embargo, lo invito a que lo intente para comprobar el grado de dificultad que presenta.
Este problema está resuelto (matemáticamente) hace ya mucho tiempo (con la salvedad de que los equipos tengan que repetir una única vez su condición de local o visitante ). Desde que se juega fútbol en la Argentina siempre se han podido hacer los ajustes necesarios para que, por ejemplo, Racing e Independiente no jueguen de local en la misma fecha, y lo mismo los dos equipos de Rosario, La Plata o Santa Fe.
Pero la televisión cambió todo. Cuando los partidos se jugaban todos el día domingo (sí, aunque parezca mentira, antes todos los partidos se jugaban los domingos a la misma hora, pero eso correspondía a otra generación de argentinos), todo era relativamente sencillo. Después, la televisación de partidos obligó a ciertas restricciones: había que seleccionar un partido para televisar los viernes, y tenía que ser un partido que enfrentara a un equipo de los denominados “grandes” (River, Boca, Racing, Independiente y San Lorenzo), que se jugara en la capital, con uno de los denominados “chicos” (éstos van variando de acuerdo con el campeonato, pero creo que se entiende la idea).
Después se agregó un partido para televisar los sábados, con la condición de que tenía que ser una transmisión originada en el interior del país (Córdoba, Rosario, La Plata, Santa Fe, Mendoza, Tucumán, etcétera) y debía involucrar a un equipo de los “grandes” (grupo al que se permitía añadir a Vélez). Luego se sumó un partido para televisar los lunes entre dos clubes “chicos”.
Y para complicar más las cosas, aparecieron los codificados.
Y después, “El clásico del domingo”. Además, había que dejar algún partido atractivo para que se pudiera ver por primera vez en el programa Fútbol de primera el domingo a la noche.
Si uno intenta hacerlo a mano (y créame que hubo mucha gente que se lo propuso) son tantos los ajustes que hay que hacerle a un fixture para que cumpla con todas esas restricciones, que ya se dudaba de que un fixture así existiera, o que fuera posible armarlo. ¿Qué hacer? En ese momento, enero de 1995 (hace ya casi doce años), la gente de la empresa Torneos y Competencias (dedicada a la difusión de deportes en radio, televisión y medios gráficos) me derivó el problema para ver si algún matemático (como yo sostenía) era capaz de presentar un programa de partidos a la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) que contemplara todas las restricciones señaladas. Me reuní con Carlos Ávila, el creador de la empresa, quien es un gran intuitivo, y finalmente entendió que lo mejor que podíamos hacer era consultar con alguien que supiera. Bien, pero, ¿quién sabría?, Mirá, le dije, en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA hay matemáticos a quienes les podría plantear el problema.
Son ellos los candidatos naturales para resolverlo.
-Dale para adelante, me dijo.
Y le di. En realidad, le di el problema al doctor Eduardo Dubuc, profesor titular del departamento de Matemáticas desde hace años, y uno de los más prestigiosos que tiene el país. Su vida circuló por distintas ciudades de los Estados Unidos, Francia y Canadá, y hace ya algunos años reside en la Argentina.
Me formuló las preguntas lógicas para alguien que sigue el fútbol sólo como aficionado. Cerró la carpeta que contenía los datos, se sacó los anteojos que usa siempre, mi miró en silencio durante un rato y me preguntó:
-Vos estás seguro de que este problema tiene solución?, No sé, pero seguro que si la tiene, vos sos la persona para encontrarla.
Unos días más tarde, me entregó un fixture junto con algunos comentarios escritos. Recuerdo uno en particular: “El problema está resuelto de la mejor manera posible”.
Yo estaba entusiasmado, pero le dije:
-Eduardo, ¿qué significa “la mejor manera posible”? Necesitamos que sea la mejor y no la mejor posible .
-Como ya vimos el día que me trajiste el problema, es imposible que en todas las fechas haya un partido entre dos clubes chicos , ya que hay sólo seis (en ese momento eran Deportivo Español, Argentinos Juniors, Ferro, Platense, Lanús y Banfield).
En todo el campeonato, jugarán entre ellos 15 partidos. Aun, que logremos hacerlos jugar a todos en fechas diferentes, igualmente habrá cuatro semanas en las que va a faltar un partido para los días lunes.
Una obviedad. Sin embargo eso ponía en peligro todo. Si ya había una dificultad irresoluble, ¿qué quedaría para el resto? ¿Es que no habría manera de poder ordenar todo el caos que había siempre con el programa de los partidos? Sonaba a fracaso. Sin embargo, Eduardo me insistió.
-Fíjate bien en el fixture que te entrego y lee mis apuntes.
Y los leí. Digo, leí sus apuntes. Aquí van.
Tomá un fixture estándar (¿no debería decir standard ?) cualquiera.
Si intercambio dos equipos (por ejemplo, Boca juega en lugar de Ferro, y Ferro en lugar de Boca), se obtiene otro fixture (que sigue siendo estándar). Así se obtienen distintosfixtures y puede verse que hay en total 2.432.902.008.176.640.000 fixtures estandares.
Es posible que, en algunos casos, el intercambio de dos equipos permita generar un nuevo fixture equivalente al que le dio origen. Es decir, si el original cumplía con ciertas restricciones, el nuevo también lo hará. Y si el primero no cumplía algunas, el derivado tampoco lo hará. Por ejemplo, los equipos “grandes” que formaban una pareja (porque no podían jugar de local el mismo día, como era el caso de River y Boca, o Newell's y Central) podían intercambiarse entre sí y el resultado no variaría.
Lo mismo valía para los equipos “chicos”, o los que formaban “pareja” en el interior (como Colón y Unión o, en ese momento, Talleres e Instituto en Córdoba).
Una vez hechas estas observaciones, el número total de fixtures diferentes es de
1.055.947.052.160.000
que son casi 1.056 billones de fixtures . ¡Una barbaridad! Surgía inmediatamente una pregunta: ¿quién los revisaría para saber cuál o cuáles eran los que servían? Y un tema clave, muy importante: ¿cuánto tiempo tardaría en examinarlos todos? A razón de investigar 5.000 fixtures por segundo (sí, dice 5.000 fixtures por segundo, que es lo que se podía hacer en ese momento con un programa adecuado en las computadoras PC más veloces), llevaría casi 10.000 años hacerlo.
Había que intentar otra cosa. Probar a mano uno por uno no resultaría. Y Dubuc ya lo sabía. Pero se le ocurrió una idea que serviría para dar un salto cualitativo muy importante y, eventualmente, llegar a la solución.
Hay un método matemático que se conoce con el nombre de “recocido simulado”, y Dubuc decidió probar con él. Para ello, primero hay que empezar por calificar los fixtures . ¿Qué quiere decir esto? Elijan un fixture estándar cualquiera. Lo más probable es que no cumpla la mayoría de los requisitos que se necesitan.
Entonces, a Eduardo se le ocurrió que le iba a poner una multa por cada restricción que no cumpliera. Por ejemplo, si en el fixture que había elegido, en la primera fecha no había partido para los viernes, le ponía tres puntos de multa. Si le faltaba partido desde el interior, dos puntos de penalidad. Y así siguió hasta agotar la primera fecha. Pasó entonces a la segunda, y esencialmente las recorrió todas acumulando las multas que sufrían en el camino. Al finalizar el proceso, ese fixture tenía adosada una cantidad de puntos en contra, es decir, una multa. En definitiva, cuanto mayor fuera la multa de un fixture , peor era. Como se advierte, el objetivo de Eduardo era encontrar el o los fixtures que tuvieran multacero . Es decir, aquellos programas de partidos que no infringieran ninguna de las normas pedidas.
¿Existirían? ¿Tendría solución el problema? El proceso de revisar todas las alternativas estaba (y está) fuera de las posibilidades, ya que involucraría más de diez mil años, sin embargo, la diferencia ahora era que el problema estaba cuantificado . Es decir, se contaba con una función multa , y eso es lo que posibilita un tratamiento matemático para minimizar esa función.
Aquí es donde interviene el recocido simulado. Una aclaración muy importante: seguro que quienes concibieron, usan o usaron el recocido simulado no tuvieron in mente resolver un problema de estas características. Pero ahí también reside la capacidad de un matemático para saber que hay una herramienta que, en principio, no parece haber sido construida para esta ocasión en particular y, sin embargo, con una adaptación no sólo se transformó enútil, sino que permitió encontrar la solución.
A grandes rasgos, el sistema funciona así. Imagine que todos los fixtures posibles (los más de 1.000 billones) están escritos, cada uno en una hoja de papel, y metidos dentro de una pieza.
Uno entra a la pieza repleta de fixtures con un pinche en la mano, como si se tratara de recoger las hojas en una plaza. Más aún: en cada hoja que hay dentro de la pieza, no sólo hay un fixture escrito, sino que además está agregada la multa que le corresponde , que, como vimos, depende del grado de incumplimiento de las restricciones pedidas.
Entonces, uno procede así. Ni bien entra, pincha un fixture cualquiera y se fija en la multa que tiene asignada. Por supuesto, si uno tuviera la suerte de que ni bien empieza encuentra un fixture con multa cero, detiene el proceso inmediatamente, sale rápido de la pieza y se va a comprar un billete de lotería, a jugar al casino y apostar todo lo que tenga.
Cuando uno pincha el fixture y se fija en la multa que tiene asignada, decide caminar en alguna dirección. Cualquier dirección.
Pincha alguno de los vecinos ( fixtures ), y si la multa aumentó, entonces, no avanza en esa dirección. Si en cambio, al pinchar un vecino, la multa disminuye, entonces se encamina por ese lugar, seleccionando los que va encontrando en ese trayecto en la medida que siempre vaya disminuyendo la multa.
Si en algún momento llega a un lugar donde, independientemente del camino que elija, la multa aumenta siempre, entonces habrá llegado a un mínimo local , o a una especie de cráter.
Imagínese caminando por un camino montañoso, en el que la multa indicara la altura a la que se encuentra. De pronto, llegará a un lugar donde no importa para qué lado elija avanzar, para todas partes se sube, pero se está todavía lejos del nivel del mar. ¿Qué hacer? Hay que permitirse trepar para luego poder llegar más abajo por otro camino. Ésa es clave en el proceso.
El método del recocido simulado indica los movimientos que hacen subir (es decir, cambian el fixture por otro con una multa mayor) para salir de los mínimos locales, los cráteres, y eventualmente volver a descender, esta vez más abajo. Termina conduciendo a un lugar al nivel del mar, es decir, con multa cero.
No es posible que incluya aquí las precisiones sobre el método del recocido simulado en sí mismo, pero, en todo caso, vale la pena decir que involucra movimientos al azar, la teoría de probabilidades y se inspira en un análisis probabilístico de lo que sucede cuando se enfría lentamente el vidrio en la fabricación de botellas (de ahí el nombre recocido ), y es simulado, porque se usa una simulación por medio de una computadora.
En nuestro caso, eligiendo al azar dónde empezar (es decir, al entrar en la pieza se elige unfixture estándar cualquiera para comenzar), después de revisar entre 500.000 y un millón de fixtures en alrededor de 20 minutos en una PC 384 de aquella época, el programa que diseñó Eduardo encontraba un fixture que resolvía el problema. Aunque, como ya se sabía de antemano, la multa no podía ser cero (porque sabíamos que cualquier fixture tenía por lo menos cuatro fechas sin un partido entre dos equipos chicos).
Lo que el programa encontró fue un fixture con la mínima multa posible, es decir, con 15 fechas con un partido entre dos equipos chicos, que, además, satisfacía todos los otros requerimientos.
Lo curioso en este caso es que el programa que construyó Dubuc encontraba siempre el mismo fixture (salvo las equivalencias mencionadas al principio), independientemente de con cuál comenzaba el recorrido al entrar en la pieza.
Esto le permitió conjeturar que el que había encontrado era el único. O sea, había un solo fixture que resolvía el problema, y el método lo encontraba. La Asociación de Fútbol Argentino (AFA) implementó su uso a partir del campeonato Apertura de 1995 (que fue el torneo en el que Maradona produjo su retorno a Boca después de jugar en Europa). La utilización de matemática de alta complejidad permitió resolver un problema que hasta ese momento tenía enloquecidos a todos. Y a mano, hubiera llevado ¡diez mil años!
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jueves, 17 de mayo de 2012
"Egosaurus Rex" Santiago Solari
No es fácil determinar si el ego de los futbolistas es algo que siempre estuvo allí, latente, acompañándonos desde antes de jugar profesionalmente, o si tiende a crecer con el tiempo por la atención y los aplausos del público, como una enredadera a la cual no debemos olvidar podar de vez en cuando para que no se convierta en un gigante fuera de control que nos encierra y esclaviza.
Lo cierto es que el fútbol, tan popular y mediatizado, expone de la misma forma el talento de los futbolistas y las fantásticas opiniones que solemos tener sobre nosotros mismos. También es verdad que ese ego sobrealimentado muchas veces queda en pie, enorme y anacrónico, cuando, más temprano que tarde, el fútbol y la atención se terminan de repente y solo quedan los fósiles del futbolista que fuimos en la edición refrita de algún canal de deportes.
Por suerte, al tratarse de un juego, las anécdotas de exfutbolistas otorgándonos trofeos y colgándonos medallas, reales o imaginarias, causan más risas que enojos. Muy divertido es seguir la eterna carrera entre el ego de Pelé y el de Maradona por dirimir quién de los dos fue el mejor de la historia. Hay que reconocer que, mas allá de eliminar otra competencia y no mencionar nunca a Di Stéfano, Cruyff, Platini o Puskas, al menos se dan entidad entre ellos, aunque solo sea para atacarse.
El mes pasado, Pelé, para explicarnos a todos una vez más cómo es el lugar que ocupa en el trono del Olimpo del futbol, debió recurrir a genios de otras disciplinas y otras épocas. “Yo nací para el fútbol como Beethoven para la música y Miguel Ángel para la pintura”. Sin importarle por qué Pelé no tiene en alta estima a Miguel Ángel como escultor, Maradona, conocedor de que esta es una batalla que se dirime en el terreno popular, no quiso entrar en disquisiciones pictóricas y alejó el debate del Renacimiento. Lúcido, distanció también la discusión musical de lo académico y, además, en un golpe maestro, multiplicó el número de comparaciones: “Si Pelé es Beethoven, yo soy Ron Wood, Keith Richards y Bono”. De no haber sido tremendamente espontánea, la respuesta de Diego habría pasado por una estrategia meditada: si Pelé es compositor, yo también, pero además soy bajista, guitarrista y vocalista. Si Pelé se representa en lo clásico y lo antiguo, yo seré lo popular y lo moderno.
Pelé tiene también una manera especial de reconocer el talento ajeno: lo compara todo consigo mismo. Hace poco demoró el debate acerca de Messi y sus posibilidades de convertirse en el mejor jugador de la historia “hasta que gane tres Mundiales y marque 1.283 goles” como él. Esto me recuerda el día que Ronaldo, uno de esos enormes futbolistas con un ego, felizmente, no más grande que su talento, se divertía en el vestuario después de ganar el Trofeo Pichichi con las curiosas felicitaciones de Hugo Sánchez: “Enhorabuena, ojalá que puedas ganar cinco Pichichis seguidos igual que yo”.
Menos divertido es cuando ese ego no encuentra el alimento que espera obtener en todas partes y tiende a justificarlo proyectando sentimientos. Cuando Cristiano Ronaldo analizo la antipatía que despierta en algunos campos de España y la adjudicó a la envidia, no exageró, quizá, en el diagnóstico que hizo sobre sí mismo: “Rico, guapo y un gran jugador”. Pero con su declaración cayó en el sitio exacto que puede generar esa antipatía: una excesiva consciencia y necesidad de comunicar los propios atributos.
José Sanfilippo (1935), quinto máximo goleador histórico del futbol argentino, suele utilizar la estadística hacia donde le conviene para recordarnos los muchos goles que marco en los años sesenta y que nunca vimos. “Sijugás mil partidos, podés hacer 700 goles”, dijo, poniendo el énfasis no en la cantidad, sino en el promedio de goles, cuando se sintió amenazado porque Martín Palermo se acercaba a sus 227 goles, que finalmente igualó.
No es fácil eso de podar el ego y mantenerlo a raya. Yo mismo me pregunto, a veces, si no escribo estas líneas una vez por semana como un modo de mitigar la otra pérdida, lo cual me lleva a recordar, a la manera de Sanfilippo, que, con dos goles marcados en los únicos dos tiros libres que me dejaron patear en cinco años mis talentosos compañeros, soy el futbolista del Madrid con mejor porcentaje de efectividad en ese rubro en la historia del club: 100%. Di Stéfano, Zidane, Figo, Beckham, Roberto Carlos y Cristiano Ronaldo, por favor, abstenerse de discutir conmigo: están eliminados.
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jueves, 19 de abril de 2012
"Hijos nuestros". Eduardo Sacheri
Creo que todos los futboleros nos hemos preguntado, más de una vez, por el origen y el tamaño del cariño que le tenemos al equipo del que somos hinchas. Por qué semejante profundidad. Por qué semejante constancia.
¿Cómo se puede querer así a un equipo de fútbol? ¿Qué resortes, qué recovecos del alma se ponen en juego como para que uno pueda sufrir así, gozar así, emocionarse de ese modo por una simple camiseta?
¿Existe algún otro terreno de nuestras vidas en el que amemos con semejante lealtad, con una constancia comparable?
Muchas veces he escuchado a mis amigos, a mis conocidos, o a ilustres desconocidos, comparar el amor por el equipo con el amor que se puede sentir por una mujer. Y en la comparación, casi siempre el amor por una mujer sale perdiendo. No tiene la misma constancia, ni el mismo desinterés, ni la misma entrega, ni la misma disposición al sacrificio. Mil veces he escuchado el comentario: “Yo cambié no sé cuántas veces de mujer. Pero de equipo, jamás en la vida”.
Si el amor por nuestro equipo no se puede comparar por el que le profesamos a una mujer… ¿Vale en cambio compararlo con el que sentimos por un padre, o una madre? Creo que tampoco es el caso. El amor de nuestros viejos es algo con lo que contamos. Los más afortunados de nosotros, claro. No es un amor que cultivemos. No es un amor que nos exija sacrificios. Es un amor que damos por sentado, y en el que nos instalamos para ser mimados, queridos, abrigados, nutridos.
Y el amor por nuestro equipo no es de esa naturaleza. Nada que ver. Nuestro amor futbolero es puro sacrificio, de hecho. No sé cómo viven esto los hinchas de equipos que ganan siempre o casi siempre. No sé cómo lo vive un hincha del Real Madrid, o del Barcelona. Pero para la mayoría de los mortales, el amor al club nos reporta muchísimos sinsabores, derrotas, frustraciones, vanas esperanzas, brutales desilusiones. Alegrías también, triunfos inolvidables. Pero… ¿cuántos de unos y cuántos de los otros? Apelo a la sinceridad de los lectores. ¿Cuántos garrones nos hemos tenido que comer por nuestros equipos? ¿Cuántas veces hemos tenido que poner el pecho a las malas? O yo tengo una tarde especialmente pesimista mientras escribo esta columna, o tiendo a pensar que han sido muchas veces. Demasiadas veces. Y sin embargo, aquí estoy. Aquí estamos. Dispuestos siempre a seguir queriendo.
Por eso, por esa constancia inmune a las derrotas, se me ocurre que el amor que sentimos por nuestro equipo se parece al que sentimos por nuestros hijos. Los que tenemos la suerte de tenerlos, claro. Los que tenemos la suerte de adorarlos, por supuesto.
Con nuestras mujeres, el amor puede permanecer o evaporarse. El de nuestros padres, lo damos por descontado. Pero el que les damos a nuestros hijos es un amor hecho de esfuerzo y de sacrificio, de desvelo y de perseverancia.
En la soledad de nuestros insomnios, nos preocupamos por nuestros hijos desde que se revuelven en la cuna hasta que tienen veinte años y fantaseamos con escuchar, en el silencio de la madrugada, el ruido de sus llaves en la cerradura como señal de que vuelven sanos y salvos. O hasta que tienen cuarenta, y nos inquieta escucharlos toser en el teléfono. Son nuestros hijos para siempre. Desde que los vimos por primera vez hasta que los veamos por última.
Podemos pensar, tenemos derecho a pensar –ejercemos ese derecho- que nuestros hijos tienen defectos. Cosas que no nos gustan. Aspectos que deberían pulir. Características que nos revuelven las tripas y nos dan ganas de reclamarles levantando el dedito admonitorio. Pero nosotros. Nadie más. Quiero decir: nosotros como padres nos sentimos en el derecho de hacer la nómina brutal de todos los defectos de nuestros hijos. Pero ¡guai de aquel mortal que se atreva a señalar algo malo en nuestras criaturas! Nuestra ira se desatará sobre la humanidad de esos ingratos que se atrevan a criticar a nuestros niños, sobre el polvo de sus huesos y sobre la memoria de sus descendientes.
Uno puede pensar que tiene una hija dientuda o un hijo vago, una hija impuntual o un hijo lerdo. Pero si alguien se atreve a confirmárnoslo… ¡sáquenme a ese blasfemo de acá, sáquenmelo de acá o me como sus vísceras!
Y con nuestro equipo del alma… ¿acaso somos distintos? Uno puede ver jugar al equipo de sus amores y concluir que lo mejor que puede pasar con esos jugadores es que los vendan pronto a algún equipo de Siberia o de Marte. O que se retiren en masa. Que no tienen ni idea de cómo jugar al fútbol. O que el técnico haría bien en colgar los botines (o el pizarrón) y dedicarse a enseñar origami en un club de jubilados del conurbano. O que los dirigentes son una manga de ladrones y de corruptos que tendrían que estar en la cárcel.
Pero cuidado: esas son cosas que puede pensar UNO MISMO. Que nadie que sea hincha de otro cuadro se atreva a decir cosas parecidas. Porque uno, de su cuadro (como de sus hijos), tiene el derecho a decir y pensar lo que quiera. Pero es un derecho intransferible. Como dice el viejo dicho de que “los trapitos sucios se lavan en casa”. Nada más cierto. Del mismo modo que uno, frente al capricho de un hijo que se arroja al piso en la vereda al grito de “quiero un helado”, pone cara de paciente contención y le dice a la criatura “te pido que te pongas de pie y dejes de hacer un escándalo”, aunque en el mismo momento esté pensando “qué ganas tengo de levantarte de un reverendo voleo en el trasero, mocoso caprichoso”.
Del mismo modo, digo, si un extranjero (es decir, un hincha de otro cuadro) osa proferir algún concepto que denigre a nuestra institución, uno se convierte de inmediato en una estatua de hielo, o en una tormenta de fuego, según el temperamento de cada cual. Pero no vamos a dejar así las cosas. No vamos a consentir que se mancille así el nombre de nuestros colores.
No vamos a permitir que se dude de la calidad de nuestros jugadores, ni de la integridad de nuestros dirigentes, ni de la capacidad de nuestro entrenador, ni de la belleza de nuestro estadio. En casita, en nuestro interior, bien podemos considerar, como dije antes, que nuestros jugadores son horribles, nuestro entrenador inepto, nuestros dirigentes ladrones, y nuestro estadio un rancho miserable. Pero sólo en casita, señores míos. Sólo puertas para adentro. Sólo en el seno de la familia.
Y ni siquiera en la familia, ahora que lo pienso un poco. ¿Cuántas veces uno ve, en la tribuna, cómo se arma una trifulca entre hinchas del mismo cuadro, porque alguno no se aguanta los insultos del vecino de platea? Y no importa que el ofendido se haya pasado la última media hora diciendo cosas parecidas a las que ahora lo encolerizan, dichas por su vecino. No importa. Lo único que importa es que “nadie-más-que-yo” tiene derecho a decirles a estos imbéciles pataduras que lo son. Del mismo modo que es el único que puede decirle a su hijo que no se coma los mocos, o a su hija que si sigue usando esas polleritas todo el mundo va a considerarla una casquivana.
Es por eso, entre otras cosas, que jamás inicio una burla fubolera. Yo sé que, para muchos de nosotros, cargar a los hinchas de otros equipos es parte del “folclore”. Pero no para mí. Yo sé lo que se sufre cuando te critican a tu cuadro. Porque sé lo que se siente cuando alguien se queja de tus hijos. La ciega determinación de defenderlos, más allá de razones y argumentos. Defenderlos a partir de un amor inclaudicable, que te viene desde lo más profundo. Un amor del cual no das razones, porque en el fondo tampoco te pedís razones a vos mismo para sentir de ese modo. Con tus hijos y con ese otro hijo que es tu equipo de fútbol.
No sé si está bien o está mal. Pero así es como funciona.
Eduardo Sacheri, Revista "El Gráfico"
Julio de 2011 Garza
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Reflexiones Futboleras
jueves, 29 de marzo de 2012
Alejandro Dolina
"Defiendo a Maradona por gente como usted"
Una oyente llama al programa y dice: ‘Estimado Dolina, ¿ya no defiende más a Maradona? ¿O acaso ya no hay ningún Sargento Cruz? Vea: Ud. ayudó a alimentar al monstruo que tan bien nos hace quedar ante la prensa mundial. Cordialmente. Ingrid Hammer’.
A lo que Dolina responde: Mi respuesta es SÍ. Yo he resuelto -después de un extravío- bancar a Maradona en esto. ¿Sabe por qué? Por personas como usted. La indignación burguesa que sucedió al exabrupto de Maradona fue totalmente patética y asqueante. Un mundo totalmente hipócrita, el mundo de la radio, donde se escucha eso mismo que Diego dijo bajo emoción violenta, pero libreteado (y en la televisión ni hablemos), ese mundo se indignó. Esos tipos se indignaron. Y esa indignación burguesa me hace ponerme inmediatamente en la vereda de enfrente.
Y lo que un tipo dijo, obnubilado por el momento, por la emoción, por su propia historia, y por su propia condición, después fue repetido ad nauseam por todos los noticieros, con subrayados, subtitulados, duplicaciones, ampliaciones y circulación por Internet, por tipos que no estaban ni obnubilados, ni en estado de emoción violenta, ni perturbados por ninguna cosa, sino que lo planearon diecinueve mil veces. Esos tipos ahora se ponen en la superioridad moral de preguntarme a mí si lo defiendo a Maradona. Bueno, sí, lo defiendo. Si es contra ustedes, lo defiendo. Lo defiendo totalmente.
Y eso de “que tan bien nos hace quedar ante la prensa mundial”… ¡Cipayos provincianos que quieren quedar bien con sus supuestos amos europeos! ¡Yo no tengo ningún interés en quedar bien ante la prensa mundial! ¡No es ésa nuestra obligación! ¿Qué tenemos que quedar bien ante nadie? ¿Ante quiénes? ¿Ante gobiernos que aniquilan a sus enemigos? ¿Ante quién tenemos que quedar bien? ¿Dónde esta la Fiscalía del Universo? ¿Dónde está la reserva moral de la Humanidad? ¿En Estados Unidos? ¿En Europa? ¡Déjeme que me muera de risa, Ingrid Hammer!
Y otra cosa: muchas veces, pero muchas, en los medios se dicen cosas muy interesantes. Yo he escuchado casi revelaciones, a veces, dichas por tipos a los que yo admiro mucho. A veces son intelectuales, como, no sé, el finado Casullo, o Dubati, o José Pablo Feinmann, tipos que realmente tienen un pensamiento interesante. Otras veces son artistas, o incluso locutores, del calibre de Larrea, o de Carrizo, tipos que por ahí dicen cosas que te hacen decir “pero mirá que bien pensó éste”. Bueno, a esos NUNCA, nunca los vi duplicados en los noticieros, con subtitulados y subrayados. No los vi nunca porque a esta gente no le interesa el pensamiento ni la inteligencia, le interesa la BASURA. Y entonces Maradona dice esto y ellos lo repiten ciento diez mil veces. Eso es un asco.
Así que ¿a qué jugamos? ¿Qué es esto? ¿Qué es esto de indignarse, de enojarse y de sorprenderse? Lo dice un Senador de la Nación, y es un piola. Lo dice Maradona, y aparece todo el racismo, todo el desprecio por los pobres, aparecen los de siempre, los muchachos de siempre, a indignarse: ¡oh, la cultura! ¡Nuestro embajador! ¿Qué embajador? Es Diego Maradona, viejo. Los que tienen que ser cultos son ustedes, no él. Él tiene que dirigir la Selección de Fútbol, y si lo eligieron a él, bueno, es ése, y no Pancho Ibáñez.
Así que sí, lo defiendo a Maradona. Ante usted lo voy a defender siempre”.
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Reflexiones Futboleras
"Prohibido decir negro de mierda en este estadio" Hernan Casciari
Prohibido decir negro de mierda en este estadio
Una noche de verano de 1985 vi por primera vez a sesenta mil aficionados de River y de Boca, unidos en un sentimiento, cantando a gritos: “Ruggeri hijo de puta, la puta que te parió” (bis). Sin parar, durante noventa minutos. Sin detenerse ni a respirar ni a comer el pancho del entretiempo… Incluso la gente corría a comprar la cocacola para volver pronto y seguir cantando “Ruggeri hijo de puta” (bis).
Lo insultaban porque ayer jugaba en Boca y ahora era defensor de River: había quedado en el limbo, en el no lugar del amor. Aquella puteada masiva fue una de los hechos más educativos que presencié en mi adolescencia. Supe, de una vez y para siempre, que todo en el fútbol es un juego: también lo que lo rodea. Que todo está ahí para que disfrutes de un circo perfecto.
Ir a la cancha, como todo el mundo que va a la cancha sabe, es más que presenciar un partido. A la cancha uno va también a divertirse con la exageración de la animosidad general. Pero resulta que, ahora, la sociedad europea ha encontrado otro terrible mal de nuestro tiempo al que dedicar tiempo completo: el racismo en el balompié. Es decir que desde hoy, y por plazo de seis meses, los medios, los políticos y lasasociaciones civiles del viejo mundo estaremos buscándole la solución al triste hecho de que los hinchas, desde la tribuna, le griten “negro de mierda” a un negro que juega para el otro equipo.
A un señor que salía de la cancha, envuelto en una bufanda del Betis, un periodista hipersensible le ha preguntado sobre el racismo en el fútbol español, y el hombre ha dicho con sensatez:
—Yo no estoy en contra de la gente de color. Si le grito “negro de mierda” a Ronaldinho es solamente para que no me marque goles.
También le han preguntado a Assunçao si le dolía que los espectadores del fútbol le hicieran muecas de mono cuando entraba a la cancha. Dijo el brasileño, que tiene de tonto lo mismo que de ario:
—La gente va al campo a hacerme muecas y para eso paga 35 euros. Yo voy al campo a hacer goles y me pagan; me pagan para eso y para ver cómo la gente hace el mono.
¡Qué sabios son los hinchas blancos y los deportistas negros! Ni los unos ni los otros parecen concebir problema alguno en actuar sus roles tácitos en el folklore futbolístico. ¿Entonces por qué las asociaciones civiles, los medios de prensa y los gobiernos europeos sí ven allí un problema.
Otra vez, me parece, flota en el ambiente el típico debate que sólo sirve para dar de comer a las abuelas y a los progres. Para que se exciten y se exhalten las abuelas y los progres con lo que se ha dado en llamar“un debate social candente”. Me está empezando a preocupar que las gestas sociales de estos dos grupos humanos (progres y abuelas, antaño tan diferentes en sus ideologías) cada vez se parezcan más. ¿Es que las abuelas se están aggiornando, o es que los progres están empezando a oler a pis.
Miraba la semana pasada, entre embobado e incrédulo, un debate en la Televisió de Catalunya sobre el llamado “racismo en el fútbol”. Son esas cosas que a veces miro para poder enojarme con algo. Me encanta enojarme con las cosas. Había en el debate representantes sociales válidos: había un sociólogo, un entrenador de divisiones inferiores, un ama de casa ilustrada, uno de esos tipos que escriben libros sobre los grupos humanos; es decir, gente aburrida de bien. Habían invitado también, cómo no, a algunos negros dolidos. Todo el estereotipo necesario para dar la impresión de pluralidad.
Como ya es costumbre, éste era uno de esos debates en los que la producción se cuida muy bien de que todos estén de acuerdo con lo mismo. Donde no se invita a nadie dispuesto a manifestar pensamientos alternativos, o a contradecir las reglas de la hipersensibilidad social. Todo el mundo debatía, ya no la existencia del fantasma, sino cómo había que hacer para que nadie se asuste con él. Se debatía un imposible: cambiar la cultura de un deporte. Convertir el fútbol en danza clásica y a sus aficionados en serenos de biblioteca.
A mí me daba mucha alegría cuando el arquero del equipo contrario era pelado, porque las barbaridades que puede decirle un hincha gracioso a un arquero pelado, desde la tribuna, es inenarrable. Un hincha experto es capaz de molestar tanto, pero tanto, como para que el arquero pelado salga mal en un corner. Y es que el hincha necesita tener la ilusión de que con sus groserías y sus desplantes puede cambiar el devenir del juego a su favor. O encrespar al contrario hasta sacarlo de quicio. Eso no es racismo en el fútbol, es magia colectiva en el deporte.
Cuando el jugador Tarantini se casó con una modelo llamada Pata Vilanueva (al que las malas lenguas señalaban como putita de lujo), los cánticos en las canchas argentinas fueron gloriosos. Tanto, y tan crueles, que durante mucho tiempo el Conejo Tarantini jugó espantosamente mal. ¿Quién puede marcar bien la punta izquierda cuando veinte mil tipos aseguran que “el Conejo está jugando y la Pata yirando por Constitución”? ¿Quién puede concentrarse en el juego.
De eso se trata, señores progresistas, señores sociólogos de televisión, señores de los gobiernos europeos. De eso se trata cuando alguien le grita “negro de mierda” a un delantero morocho del equipo contrario. La idea es que se ponga nervioso y no haga goles. Nada más que eso. No hace falta que se sancionen leyes ni contravenciones, señores diputados, no hace falta que se quiera hacer creer a la gente que hay un nuevo fantasma acenchado a la sociedad.
Pero no. Éste es el nuevo flagelo de nuestros días, parece. Los gobiernos de Europa estén haciendo honrados esfuerzos (económicos y sociales) para aplacar la tristeza que sienten unos deportistas negros que cobran 45 millones de euros por temporada, cada vez que un señor les dice “negro” desde una platea.
Por supuesto que la ironía, el folklore, la festividad y la sorna competitiva no tienen nada que ver con el asunto. Esto racismo puro y duro, señoría, igualito a lo de Auschwitz. ¡Por fin los europeos tenemos otro problema grave que resolver!
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